De sobrenombre ‘la rossa’ (la roja) por el característico color de sus edificios y por ser un tradicional feudo de izquierdas, Bolonia es una desconocida frente a su vecina Venecia.
Un poco destartalada, un poco bohemia y siempre vital, la capital de la Emilia-Romagna esconde en su casco histórico un entramado de calles salpicadas de comercios que merece por si mismo la visita. Se trata del ‘Il Quadrilatero’, un paraíso gastronómico encerrado entre las vias Clavature, Drapperie, Pescherie y Caprarie.
Esta zona fue epicentro económico de la ciudad desde antaño y allí se recepcionaba el pescado transportado en barcazas por canales desde los puertos de Venecia y Chioggia, en el Adriático. El comercio de alimentos convivió durante siglos con la manufactura de telas, sedas y otros gremios hasta llegar a nuestros días.
Un establecimiento que resume esta trayectoria es Tamburini cuyo edificio fue telar y posteriormente carnicería hasta llegar a hoy convertida en un flamante comercio de alimentación, tanto para llevar como para consumir en el local en forma de tablas frías y platos calientes. El espectacular surtido que ofrece ha saltado ya fronteras y cuenta con delegaciones en Japón desde 2007. Escuchando la pasión de su responsable, Giovanni Tamburini, se entiende que este establecimiento no solo vende, también transmite la idiosincrasia de la Emilia-Romagna. Por algo esta región es una de las mecas del slow-food.
Abigarrados collages de prosciutti (jamones) colgando desafiantes entre botellas de vino, salamis y grandes quesos hacen del paseo por estas calles todo un festival para los sentidos …especialmente olfato y gusto. Imprescindibles son el internacionalmente conocido Parmigiano-Reggiano y, cómo no, otro de los emblemas de la región: la oronda mortadela boloñesa un embutido que encuentra su secreto en el punto de cocción, diferente según las recetas de cada productor.
El discurrir de los siglos ha conservado numerosas tiendas tradicionales de alimentación y productos frescos, que actualmente conviven con otros establecimientos de lujo, moda o joyería en singular armonía, convirtiendo la zona en un animado punto de encuentro de locales y forasteros.
Si algo llama la atención del visitante recién llegado a Bolonia son sus numerosas calles porticadas. Las hay por doquier, hasta el punto de que un dicho popular afirma que en un día de lluvia se puede pasear por la ciudad sin mojarse.
El motivo de tanto pórtico, además de la conveniencia para paseantes, se rumorea fue bastante profano: hubo un tiempo en el que los inmuebles que se levantaban pagaban impuestos en función del número de metros cuadrados que ocupaban en la calle -así, a menor espacio ocupado, menos a pagar.


