Hay sitios que uno siente como suyos, como escondites secretos para disfrutar solamente con personas especiales. Monte Isola es uno de estos lugares, que descubrí por casualidad en la Lombardía y que me provoca la sonrisa cuando lo recuerdo.
Emergiendo en el lago Iseo, Monte Isola es la isla lacustre más grande del sur Europa; una especie de miniparaiso, con minipueblitos a los que llegar por minicarreteras en miniautobuses. Todo mini, excepto las vistas a sus cuatro puntos cardinales que son enormes, espectaculares.
Muy empinada, la cumbre de la isla se alza 419 metros sobre la superficie del lago y desde allí arriba se otean los paisajes verdes de las provincias de Brescia y de Bérgamo, así como pueblos ribereños del lago presididos por iglesias barrocas y neoclásicas.
Partiendo de los pequeños amarres de Peschiera Maraglio o de Sensole, donde atraca el servicio de feries que parte de la localidad de Iseo, se escoge caminar, alquilar una bicicleta o utilizar el transporte público -recomiendo la primera opción, si bien un recorrido en el pequeño autobús de línea por las sinuosas y estrechísimas vías de la isla bien merece la experiencia. En una jornada a pie es posible circunvalar la isla, conocer la docena de pueblos que la salpican y ascender al Santuario della Madonna della Ceriola. En esta atalaya además de reconocer el horizonte y visitar el edificio se podrá recuperar el resuello en un pequeño bar habilitado para los visitantes.
Sorprende que un pedazo de tierra minúsculo y rodeado de agua esté tan llego de vida. De tradicción pesquera en sus orillas, la agricultura y la ganadería ocupan buena parte de sus verdes prados con acusadas pendientes que no parecen molestar a las ovejas pastando sin problema por la isla. Tampoco los 1.800 habitantes censados aparentan sufrir las muchas cuestas, a decir por el el vigor con el que las suben y bajan, incluso los vecinos ya entrados en años.
Olvidándo estos esfuerzos, disfrutar de Monte Isola es dejarse llevar por los caminos, pasear escuchando el silencio y descansar donde plazca descalzando los pies sobre la hierba que lo cubre todo o remojándolos en las aguas del lago. Las vistas desde cualquier punto de la isla son un espectáculo maravilloso; impresionan las panorámicas de las diminutas isola di Loreto, al norte, e isola di San Paòlo, al sur, ambas de propiedad privada y ocupadas por palacios de recreo que, un poco decadentes, anhelan épocas de mayor esplendor. Obviaremos el gris de la cementera que ensucia el paisaje al noroeste atenuado entre tanta naturaleza, agua y color.
El tiempo en Monte Isola parece discurrir más despacio. Los paseos cunden mucho mientras se ocupan las horas comprando confituras y frutas en casas particulares que, con carteles en sus puertas, ofrecen pequeñas y cuidadas producciones. Cuando llega el ocaso el ferry espera a la mayoría de visitantes, si bien los que quieran podrán amanecer en alguno de los pequeños hoteles y casas de turismo rural que, con mucho encanto, se levantan en las orillas de la isla.
Para los que deseen algo más de actividad, la cercana ciudad de Brescia, separada del lago por kilómetros de viñedos, es una buena opción. Desconocida por muchos italianos, provinciana de carácter pero coronada por un impresionante castillo, la capital de la provincia resulta muy agradable. Recetas de caza y vinos de Franciacorta maridarán estupendamente las comidas y las cenas.
Y entre las unas y las otras… capuccino al mattino e pirlo alla sera! El pirlo o pirlone es un aperitivo bresciano parecido al spritz del Veneto a base de vino blanco frizzante, Campari o Aperol y soda, servido siempre con algo de picar. Aviso: su ligereza embriaga…

Me encanta la manera de explicarlo todo, he podido saborear ese vinito embriagador y sentir la brisa en la cara mientras esperaba el ferry! 🙂